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El Arquero

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También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas.

Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped.

Es un solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores.

Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace.

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Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos.

Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.

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El fútbol a Sol y a Sombra – Eduardo Galeano

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Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina.

El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar.

Los empresarios lo compran, lo venden, lo prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y más dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo.

En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:

-Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.

-¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero.

O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo.

Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

Eduardo Galeano – “El fútbol a sol y a sombra”

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El que tiró la primera piedra fue Ricardo, apenas después de haberse ido el tipo.

—Che… ¿quién es este coso?

—No sé —contestó el Zorro.— ¿No es amigo tuyo?

— ¿Mío? No. Estás en pedo vos.

—Es amigo del Colifa —aportó el Pitufo—, certe­ro interrumpiendo una conversación que sostenía con una rubia de rulos de la mesa vecina. Tenía eso el Pitu, podía mantener varias conversaciones a la vez, quizás porque no le gustaba verse marginado de ninguna.

En eso llegó el Colifa.

—Che…—le preguntó Ricardo—… el flaco ese que se fue ¿es amigo tuyo?

—¿Qué flaco? —frunció la cara el Colifa mientras se sacaba la campera y la bufanda.

—El flaco… El “Sobrecojines”.

—Ah no… —se rió el Colifa.— Yo no lo conozco.

El hombre, el que se había ido, había tenido la desa­fortunada ocurrencia días atrás, en una de sus pocas in­tervenciones en la charla, de decir que manejar el último modelo de Renault era sentirse como “sobre cojines”. Se habían hecho todos los pelotudos pero la cosa quedó registrada.

—¡Yo creí que era amigo tuyo! —se rió el Pitufo.

—Yo no lo vi en la puta vida.—Pero… ¿Lo conocés?Sí. De acá, ahora.

—Entonces… —insistió Ricardo, casi amenazante.

— ¿Quién lo trajo a la mesa?—Qué sé yo.

Nadie sabía. Pero no era muy extraño. En “El Cai­ro” era así. De pronto uno se encontraba sentado junto a alguien desconocido que, tal vez por varios días se integra­ba a la mesa y luego desaparecía tan silenciosa y misterio­samente como había llegado, o reaparecía en alguna mesa lejana, con otra gente asimismo desconocida, y dispensa­ba un saludo desde allá atrás, al voleo, de cortesía.

—Por ahí alguien se lo dejó olvidado —aventuró el Zo­rro.

—Eso. ¡Vaya a saber desde hace cuánto tiempo ha es­tado sentado acá el pobre tipo!

—Yo creía que era amigo tuyo —señaló Ricardo a Belmondo— y ahora resulta que no lo junta nadie.

—¿Mío? ¿Porqué? Ricardo frunció la nariz.

—No sé —dijo— lo veo muy fino ¿no? El Zorro captó la cosa de inmediato.

—Muy delicado. ¿No es cierto?

—¿Puto, decís vos? —se rió Belmondo. Después se es­candalizó.

—¡Qué guachos de mierda!—Como te mira mucho… —siguió Ricardo—.. qué sé yo… yo pensaba…

—Medio trolo el muchacho —sentenció el Zorro.

—¡Mirá que hay que ser hijos de puta! —dijo Belmon­do.

— Como el tipo es serio, es educado, es un tipo correc­to… para éstos ya es un comilón.

—Muy fino, muy fino. Demasiado.

—Para mí que a vos te tira la goma —opinó el Colifa, mirando a Belmondo.

—¡Qué hijos de puta! —se tomó las manos Belmondo.

— No se puede ser culto acá.

—Si te mira y se relame, Bel… —le informó Ricardo.

— A Moreira lo manoteó el otro día.

—Sí —defendió Belmondo— no te le agachés adelante.

—¿Qué lo defendés? ¿Qué lo defendés? —pareció ofen­derse el Pitufo

— ¿Tenés algún interés creado con ese tipo?—Para mí que se la lastra —meneó la cabeza el Zorro.

— ¿No viste a Pedrito cómo lo relojea también?

—¿Quién, che? —Pochi había llegado, enganchando las últimas palabras mientras acercaba una silla para poner la campera.

—El flaco alto, el “Sobrecojines”.

—¿Qué pasa?—Que es muy sospechoso, medio rarón ¿viste? —el Pitufo reunía la punta de los dedos de su mano derecha frente a la boca haciendo el gesto universal de comer.

—¿El elegante? —exclamó el Pochi, sentándose.

— Muy puto. Tragasables del año uno.

—¡Qué hijos de puta! —volvió a reírse Belmondo.

— El otro pobre tipo…—Traga la bala —siguió el Pochi, serio.

— Es más… creo que lo vi levantando machos en Zeballos y Buenos Aires.

—El otro pobre tipo —siguió Belmondo— es un buen tipo…

¿Cuál es el problema? Que empilcha bien, que toma whisky…

¿Cuál es?—Oíme… —dijo Ricardo.

— ¿Cómo va a venir acá de chaleco?—¡Dejame de joder! De chaleco.

—Y bueno, laburará en un banco. ¿Cuánta gente de la que viene acá labura en un banco?

—No. Y esa corbatita que usa. La rosita…

—Yo lo que te digo —siguió Belmondo— es que yo no me le agacharía adelante.

—Por ahí te empoma.

—Te empoma.—Tiene su pinta el hombre —estimó el Zorro.

—Y muy coqueto, se la pasa arreglándose la corbatita…

—Es buen muchacho, che, no sean hijos de puta….

Claro, el tipo en cuestión había aparecido un día en la mesa, tal vez abandonado por algún amigo común, tal vez ingresado en la charla por medio de esas presentaciones vagas y generales, “che, un amigo”, de inclinaciones de cabezas cortas y distraídas. En verdad, vestía bien, o al menos demasiado formal para el nivel medio, y participa­ba poco de las conversaciones. Asentía, a veces metía algún bocadillo, sonreía a menudo, algo distante, mirando hacia la calle, arreglándose la corbata a cada rato (era cierto). Tomó notoriedad el día que pidió un whisky. “Blenders” dijo, con pronunciación cuidada y Moreira lo miró como si le hubiese pedido un plato asiático. “Mirá que vale casi un palo, macho” le había advertido el mozo, cosa que al tipo pareció no inmutarlo. Y entre el sembradío de pocilios de café, vasos de agua, alguna taza de té o mate y servilletitas de papel arrugadas, el generoso vaso de whisky con hielo parecía un paquebote entrando a puerto rodeado de remolcadores diminutos y oscuros.

Otra cosa había sido lo del polo. Vaya a saber cómo sa­lió la conversación sobre polo, quizás por una joda, quizás por alguna película, lo cierto es que el hombre, por pri­mera vez se metió en serio, lideró la charla, habló de los Harriott, de los Dorignac, de handicaps y de poniers con una exactitud sobria y una información sólida. Y al final, cuando ya la charla había derivado inopinadamente hacia el automovilismo, la cagó con lo de “sobre cojines” que se encendió como una luz equívoca y sospechosa en los radares de todos.

—Yo no sé… —advirtió Ricardo, rascándose la espal­da—… pero vos, Belmondo, cuidate.

—Sí —admitió Belmondo— porque que me rompan el orto a esta edad…

—O que le tengas que hacer los deberes al muchacho.

—Te digo que si viene mañana yo me corro.

—Sí. A ver si te agarra de la manito y te lleva para el ñoba.

Pasó un tiempo y el parroquiano desconocido no apor­tó por “El Cairo”. El día en que apareció estaban el Pitufo, Belmondo y el Pochi, nada más, conversando. El hombre se desprendió el impecable saco marrón oscuro del traje, dijo un “qué tal” y se sentó medio mirando para la puerta de Sarmiento y Santa Fe, girando un poco nervio­samente el cuello, como un pollo, estirando el mentón, para acomodarse el cuello de la camisa.

—El cinco era Ramacciotti —decía el Pitufo.

— Eso seguro.

—El cinco era Ramacciotti.

No me acuerdo el tres —dijo Belmondo aún con la mano izquierda cerrada, el pulgar arriba y los ojos entornados.

—Ditro. El tres era Ditro —aseguró Pochi— que des­pués fue a River.

—¡Eso! Que después fue a River.

—Bueno. Entonces tenemos… —resumió el Pitufo—… Moreno, Valentino y Ditro.

El cuatro ese que no nos acor­damos, Ramacciotti y Malazzo…

—Canceco, Pando, Carceo, González y Sciarra —recitó de un tirón el Pochi.

—Pero… ¿Cómo mierda se llamaba ese cuatro, la puta madre que lo reparió?

—¿Será posible?—Era un nombre corto. Un nombre corto como… Suárez, Blanco…

—No. Blanco era un cuatro que jugó en Racing. Buen jugador.

—Pero… —se ofuscó Belmondo—… un tipo muy juna­do… ¿Cómo carajo…?

—No me voy a acordar… No me voy a acordar… —dijo el Pitufo.

—Nos va a pasar como la otra vez con Della Savia.—¿Te acordás? Yo no pude dormir en toda la noche.

—O con el negro Marchetta.

Pasó una semana hasta que me crucé por la calle con Rafael, me agarró del brazo y me dijo, nada más, lo único que me dijo: “Marchetta”. “¡Marchetta, la puta que lo parió!” dije yo, y seguimos cada cual por su lado.

—Una noche, a la madrugada, me llamó el Pelado desde Barcelona para preguntarme quién era el ocho de aquella delantera de Ferro con el Cabezón Juárez, Acosta, Lugo y Garabal.

—Berón.

—Berón.—Pero a mí, esto, ya me cagó la semana —se reubicó el Pochi.

—¡Pero si hasta me acuerdo de la pinta que tenía —se enardeció Belmondo— uno bajito, narigón, feo…!

—¿Martín? ¿No era Martín?

—No, Martín era de Chacarita.

—Bajito, narigón, feo…

—Sí, pero no era Martín. Martín era de Chacarita y después fue al equipo de José.

—Moreno, Valentino y Ditro… —repasó el Pitufo—… tatatá, Ramaciotti y Malazzo…

—¡Concha de la lora!

El hombre, que había seguido silenciosamente la con­versación, con una actitud entre divertida y ausente, se acomodó en la mesa y dijo:

—Sainz.

—¡Sainz! —pegó con la palma de la mano el Pitufo sobre la mesa

— Sainz la puta que lo reparió.

—Sainz, mirá vos lo tenía en la punta de la lengua.Claro… te decía que era un nombre corto.

—Sí, pero a mí me salía Suárez, Murúa, Aguirre, qué sé yo…

—No, Murúa era el de Racing. Marcador de punta, también. Grandote.

—Sainz —continuó el tipo, sin ufanarse demasiado por su aporte— después fue a River. Sainz, Cap y Varacka.

—Claro, claro. Exactamente. Que arriba jugaba Domin­go Pérez, un uruguayo que era un pedo líquido.

—No —corrigió “Sobre cojines”— Domingo Pérez es anterior, es de la época de Pepillo, el nueve ese español que trajo River.

—¡Pepillo! ¿Te acordás? No me acordaba de Pepillo.

—Que la delantera llegó a formar… —recordó el hom­bre—… Domingo Pérez…—Moacyr —acotó Pochi.

—Moacyr Claudinho Pinto… —siguió el hombre—… Pepillo, Delem y Roberto. Todos extranjeros.

—Que también estaban Onega, el Nene Sarnari…—Ermindo, todavía no Daniel.—Pando, Artime…

—No… —volvió a corregir el hombre— Pando y Artime llegan un poco después. La delantera que te digo era con la cuestión del fútbol espectáculo. También jugaba un negro de cinco, el negro Salvador, un negro lentón…

—Sí. La cosa había empezado con Boca, con Armando, cuando lo trajo a Feola…

—Al gordo Felola Feola —dijo el Pitufo— a Dino Sani, a Maurinho…

—Antes a Orlando —puntualizó “Sobre cojines”— Or­lando Pecanha do Carvalho, que inauguró, un poco, la fun­ción de seis metido adentro acá en la Argentina.

—También vinieron Loayza, me acuerdo, el Pepe Sasía, a Boca…

—Y bueno… —recordó el Pochi— Sasía vino de última acá, a Central, con el Gitano, Borgogno…

—Loayza también. —Loayza también y me acuerdo…—¡Ese partido contra el Real de Madrid! —se entusias­mó el hombre.

— En cancha de Ñul.—En cancha de Ñul, un amistoso, que los goles del Real los hicieron Pirri y Gento de tiro libre, sobre la hora.

—Yo estaba detrás del arco donde hizo el gol Gento —recordó “Sobre cojines”— …y no sé si te acordás que al principio entró Puskas…

—¡Puskas!

Así siguieron casi una hora, hasta que el hombre, de pronto, consultó su reloj, se sobresaltó, se puso de pie, tomó el sobretodo que había dejado prolijamente doblado sobre la silla vecina y, antes de irse, regaló el último aporte.

—Y el diez, el diez del Lobo de La Plata, era Diego Bayo.

—Diego Bayo, claro. Diego Bayo y Gómez Sánchez, el negro Gómez Sánchez que había venido a River con Joya…

Al día siguiente, cuando llegó el Colifa, Belmondo es­taba hablando con el Zorro y también estaban el Pitufo, Pochi, Oscar, el otro Oscar, el Negro y el Chelo.

—¿No vino “Sobre cojines”? —preguntó el Colifa.

Al­guien contestó que no.

—¿Quién es “Sobre cojines”? —dijo el Chelo.

—Rodolfo. Rodolfo creo que se llama.

No, no vino.

—Buen tipo ése —dijo el Pochi.

—Buen tipo.

Roberto Fontanarosa – Nada del otro mundo y otros cuentos

Así es el fútbol…

Pues si, así es... pocos lo entienden, algunos lo juegan, pero todos hablan de él.

Este blog intenta recopilar todos esos sentimientos que existen alrededor de este deporte y porque no, tal vez hablar también de lo que pasa en la cancha.
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